Laia Manzanares al desnudo

lucenpop

En primaria hiciste teatro, pero dices que lo odiabas porque eras muy tímida. ¿Cuando empezaste a verle el atractivo a la interpretación?
Creo que la mayoría de las personas que acudimos a esta profesión y en realidad, a cualquier actividad artística, lo hacemos por una necesidad común. Como espectadora, a mi el arte me ha salvado, dado consuelo y esperanza en cuestiones que, por falta de una educación emocional, se reservan a la intimidad y no se tratan de forma cotidiana, pero sí en el cine, el teatro, la literatura, la pintura…

En algún momento entendí que el arte consiste en contar historias y, un poco después, que las historias sirven para sanar y reconciliarse con una misma y con el mundo. Cuando mi necesidad de curarme se hizo más fuerte, me enganché a la interpretación. Esa necesidad sigue manifestándose en la misma medida que la de poder ayudar a otras personas con mi trabajo, al igual que otras me han ayudado a mi con el suyo. En realidad me siento un poco en deuda con el arte, pero de buen rollo.

¿Es cierto que el detonante que hizo despertar tu deseo de ser actriz fue la película Kill Bill, de Quentin Tarantino?
En el fondo siempre he sabido que quería ser actriz, pero la fuerza, la determinación y la regeneración que vive el personaje de Uma Thurman en Kill Bill, hicieron mutar el deseo en esta necesidad de la que hablaba. Fue una experiencia sanadora. Básicamente entendí que dedicarme a esto era la única forma de sobrevivir a la tristeza y sobrellevar la existencia.

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